Buscando al niño interior

Muchas veces, cuando pensamos en la nueva dirección que deseamos dar a nuestra vida, nos bloqueamos y no sabemos qué camino debemos tomar. ¿Cómo saber qué deseo hacer en mi vida, a qué me quiero dedicar? ¿Cómo definir un sueño?

En una de las conferencias a las que he asistido recientemente, decían que una forma era anotar en una hoja de papel todo aquello que nos gusta hacer sin pensar en si sería posible llevarlo a cabo o no. El siguiente paso era aplicar un filtro y darnos cuenta de si todas y cada una de esas cosas que hubiéramos apuntado eran cosas que realmente queríamos hacer. Entre las que quedasen, podríamos elegir la que más nos gustase de todas y probarla. ¿Cómo? Una opción podría ser haciendo prácticas en una empresa que se dedicara al sector elegido.

Otra forma de identificar cuál es tu pasión es recordar los sueños que teníamos de niños y aquello que hacía que se nos pasaran las horas volando. Reconectar con nuestro niño interior y escuchar lo que nos tiene que decir puede ayudarnos a encontrar nuestra verdadera pasión. A continuación, comparto contigo un fragmento del libro “A orillas del río Piedra me senté y lloré” de Paulo Cohelo que te puede ayudar a reflexionar sobre ello:

“…A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos controlar, […] Percibirnos que el instante mágico de aquel día pasó, y que nada hicimos. Entonces la vida esconde su magia y su arte.

Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz.

Ese niño que fuimos un día continúa presente. Bienaventurados los pequeños, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo.

Existen muchas maneras de suicidarse. Los que tratan de matar el cuerpo ofenden la ley de Dios. Los que tratan de matar el alma también ofenden la ley de Dios aunque su crimen sea menos visible a los ojos del hombre.

Prestemos atención a lo que nos dice el niño que tenemos guardado en el pecho. No nos avergoncemos por causa de él. No dejemos que sufra miedo, porque está solo y casi nunca se le escucha.

Permitamos que tome un poco las riendas de nuestra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente de otro.

Hagamos que se vuelva a sentir amado. Hagamos que se sienta bien, aunque eso signifique obrar de una manera a la que no estamos acostumbrados, aunque parezca estupidez a los ojos de los demás.

Recuerden que la sabiduría de los hombres es locura ante Dios. Si escuchamos al niño que tenemos en el alma, nuestros ojos volverán a brillar. Si no perdemos el contacto con ese niño, no perderemos el contacto con la vida…

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