Un cuento sobre cómo nuestras creencias crean nuestra realidad

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Hoy os quiero leer un cuento que muestra cómo creamos nuestra realidad a partir de nuestras creencias.

Érase una vez, un viejo pescador que se encontraba pescando junto a un puente que llevaba a un pequeño pueblo. En ese pueblo se iba a celebrar una feria que reuniría a todas las villas de alrededor y eran muchos los que querían acercarse hasta allí para verla.

Un hombre pasó por el camino montado en un carro lleno a rebosar de alimentos y cosas para vender. Al ver al pescador se paró y le preguntó: Disculpe señor, es la primera vez que vengo por aquí y me preguntaba cómo es la gente de este pueblo.

El pescador lo miró y le devolvió la pregunta: ¿cómo es la gente del lugar de donde viene?

  • Oh! Mejor no pregunte – dijo el mercader – eran terribles. Eran tacaños y siempre trataban de engañarme, no me podía fiar de ellos. Es por eso que vengo aquí, estoy buscando mejor suerte.

El viejo pescador sonrió y le dijo: los habitantes de este pueblo son bastante parecidos.

Al cabo de un rato, llegó otro hombre en un carro lleno de productos para la venta.

  • Buenos días señor – lo saludó – ¿cómo está? ¿Se está dando bien la pesca?
  • Estoy bien – dijo el pescador – Todo bien.
  • Perdone que le pregunte – quiso saber el viajero – ¿podría decirme cómo es la gente de este lugar? Soy nuevo, es la primera vez que vengo.
  • ¿Cómo es la gente del pueblo del que viene? – le preguntó de vuelta
  • Son maravillosos. Son buena gente, solíamos echarnos una mano los unos a los otros. De hecho, algunos de los productos que traigo son de ellos y espero poder venderlos para que tengan algunas ganancias extras.

El viejo pescador sonrió y le dijo: los habitantes de este pueblo son bastante parecidos.

Cuando la feria terminó, el pescador volvía a estar en su mismo sitio del puente cuando pasó por el camino el primer mercader con el carro prácticamente igual de lleno que el primer día. Se le veía enfadado y al llegar a la altura del pescador le gritó: ¡Estabas en lo cierto! Son iguales que en mi pueblo. La gente es muy tacaña, apenas pude vender algo. ¡Mira mi carro!, casi está tan lleno como el primer día. ¡Menuda pérdida de tiempo! No pienso volver por aquí. Y después de decir todo esto, continuó su camino refunfuñando.

Al cabo de un rato, pasó también por allí el segundo mercader que se paró al ver al pescador para saludarlo.

  • Hola amigo, qué bien volver a verte – dijo – Estabas en lo cierto, la gente de este pueblo es encantadora. Lo vendí todo, incluso lo de mis vecinos. He hecho buenos amigos y buenas ventas. Ha sido una semana muy productiva, ¡sí señor! Tenga por seguro que volveré por aquí más adelante – y se despidió diciendo – ¡Muchas gracias amigo!
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